
El paisaje que se abre ante Teodosio es lúgubre y oscuro. Un camino se adivina bajo los matorrales, pero Teodosio teme por su vida si se adentra en él. El principio del camino está custodiado por un dragón que echa fuego por la boca. Las llamas se funden en un sendero de fuego. El dragón observa a Teodosio con sus penetrantes ojos y éste trata de retroceder. Dos son las opciones que tiene: o vuelve al lugar del que fue expulsado, o comienza a andar por el sendero fuego.